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10 de mayo de 2021

Día del Maestro: El reto profesional, mental y económico de seguir educando en la era Covid

Los docentes conmemoran su día lejos de sus alumnos por segundo año consecutivo, debido al distanciamiento físico que sigue imponiendo la pandemia.

Entre las vicisitudes que los educadores deben enfrentan para cumplir con su labor, nos comentan que:

  • invierten hasta G. 300.000 mensuales (poco más de 10% del salario por turno de un profesor de grado) en tareas para sus alumnos,
  • deben estar pendientes al momento en que pueden contactar con sus estudiantes porque varios de ellos deben ahora trabajar para ayudar a sus familias, y
  • en zonas de baja o nula conexión a internet deben acudir a las aulas, con el riesgo sanitario que ello implica.

Experto advierte que la educación virtual está ensanchando las brechas entre los educandos, el 70% de los estudiantes en el país no cuenta con aparatos tecnológicos en sus hogares y se registró la deserción de 18.000 alumnos solamente en el 2020

Lejos del bullicio de los recreos y después de 28 años como maestra de Lengua y Literatura Castellana, María Adelina Escribano cambió las salas de clase por pequeños espacios acomodados en algún rincón del hogar; y las pizarras, por el Whataspp o la computadora.

Es el segundo año consecutivo que conmemora su día en plena pandemia de COVID-19.

Como cada año desde 1916, el 30 de abril se recuerda el Día del Maestro en el país, en homenaje a la Asociación de los Docentes Trabajadores por la Cultura.

Sin el contacto habitual con sus alumnos, en algunos casos con clases semipresenciales en grupos burbuja, los maestros recuerdan su fecha entre homenajes y reclamos ante la falta de acompañamiento del Estado y de las familias para llevar adelante la escolaridad a distancia.

Inversiones propias para actualizar sus recursos tecnológicos, y la escasa o nula participación del Estado en capacitaciones y conectividad son algunas de sus exigencias ante este segundo curso lectivo en modo COVID.

Reivindican su trabajo buscando asegurar la continuidad de la educación pese a las circunstancias, y a la distancia.

Costeo del trabajo con fondos propios

En promedio, la inversión mensual que realiza hoy en día un docente para cumplir con su trabajo ronda los G. 300.000 – el 11% de los G. 2.699.994 que percibe como salario un docente de grado por turno (mañana o tarde), mientras que un catedrático debe trabajar 11 horas al mes para cubrir este gasto –.

El mencionado monto se destina a cargas de saldo, copias para estudiantes que necesitan materiales impresos y el pago del servicio de wi-fi en la casa para impartir las clases virtual, según cuenta Escribano.

En varios casos también deben costear la compra de nuevos aparatos celulares o computadoras, donde se calcula que gastaron en el período anterior unos G. 2,5 millones por cada artículo.

La profe Escribano aplica actualmente todas sus lecciones en la modalidad virtual en un colegio público de la capital, con tres cursos de 40 alumnos y otro más con 48 en total. Pese a que retornaron a las aulas en marzo pasado, rápidamente debieron encerrarse nuevamente por la cantidad de casos positivos que se registraron en la comunidad educativa.

Y la situación en todo el territorio nacional es similar. Luego de una breve suspensión de las clases semipresenciales en las escuelas públicas decretada por el Gobierno, desde ayer (29 de abril) la decisión de regresar o no a las aulas depende del comité de riesgo conformado en cada escuela.

“La educación paraguaya no estaba en condiciones para este modelo, más si hablamos de los colegios nacionales. En cuanto al MEC, para nada estuvimos; al contrario, se limitaba bastante. Ahora bien, creo que esta modalidad viene para quedarse”, manifiesta la docente de Lengua Castellana, mientras prepara desde su casa unas lecciones para el tercero de la Media.

Permanecer conectados todo el tiempo, recibir consultas y tareas a toda hora, les agota mentalmente: “Afecta mucho la salud mental, porque por la situación de las familias tampoco podemos establecer horarios; los docentes respondemos siempre”.

Al mismo tiempo, lamenta que desde el Estado no escuchó ni una sola vez algún tipo de indemnización para todo lo que invierten, por lo menos en lo que respecta a lo sanitario.

La profesora María Adelina Escribano dando clases virtuales en un rincón de su casa.

Los educadores del sector estatal figuran en el segundo grupo de orden de prioridad para la aplicación de vacunas contra el COVID-19; pero estos insumos llegan a cuentagotas y solo en los establecimientos de gestión oficial, los registros indican que hay más de 70.000 maestros y maestras aptos para recibir las dosis.

El MEC tiene registrados a 74.085 personas que se dedican a la enseñanza en los niveles inicial, Educación Escolar Básica y educación permanente, incluyendo todos los niveles, directores y equipos técnicos pedagógicos.

¿Cómo están en el interior del país?

Unos 150 kilómetros más al norte, en Santaní, la profesora de Matemáticas Sonia Céspedes acaba de culminar un examen. Tiene repartidos grados y cursos en cinco centros educacionales de zonas urbanas y rurales.

“Acá al problema es que nuestros alumnos siguen sin teléfonos celulares, se suma la falta de conectividad, ya que ni el Gobierno ni las empresas privadas llegan con internet en muchos sitios”, lamenta.

Pide igualmente el apoyo de las familias para continuar con la educación a distancia. “Nuestro trabajo se encuentra truncado sin el soporte de los padres, porque casi no tenemos contacto con los alumnos y tampoco responden si las familias no controlan”, agrega.

Por la falta de cobertura, cuando abre una clase en las plataformas, apenas cuatro o cinco alumnos logran conectarse. Igualmente, en uno de los colegios continúa con las semipresenciales porque no cuentan con teléfonos celulares ni computadoras. “Nos arriesgamos en lo sanitario porque no tienen medios para seguir con la educación”, dice.

Céspedes afirma que ya tienen casos de repitencia y de deserción en el tercer ciclo y en la Media. Aquellos alumnos que no respondieron el año pasado son los que están en esta situación.

La estadística del Ministerio de Educación y Ciencias (MEC) grafica que solo en el 2020, 18.000 alumnos fueron excluidos del sistema debido a la pandemia. No volvieron a inscribirse este 2021

Antes del COVID, el país contaba con 106.000 niños y jóvenes en edad escolar sin estar matriculados en alguna institución educativa, principalmente por motivos económicos de sus familias, según la Encuesta Permanente de Hogares (2017).

Trabajar y estudiar se está convirtiendo en la norma

Una situación que se tornó más frecuente debido al coronavirus es que más estudiantes apoyan a sus familias saliendo a trabajar, entonces tampoco tienen tiempo para conectarse a las clases, cuentan las profesoras.

“Es imposible no responderle a un alumno fuera del horario establecido porque en ese momento está trabajando, no podemos decir que no”, sostiene la docente Sonia.

En Santaní, donde escolares que salen a trabajar solía ser la excepción, con la pandemia se volvió más una regla.

“No hay condiciones para la presencialidad en el contexto del COVID, pero las escuelas son demasiado importantes porque cuando están abiertas, hay más alumnos estudiando y que no salen todavía al campo laboral”, explica Céspedes.

Empresas de supermercados y negocios familiares son los que más emplean a los jóvenes.

La docente Sonia Céspedes, con la pizarra acrílica que instaló en su hogar para las clases a distancia en Santaní

La maestra comenta que la inversión en la fotocopia de materiales para los alumnos es de un promedio de G. 50.000, que varía de acuerdo con la cantidad de jóvenes que tienen en cada aula. La variación depende, por otro lado, de si se imprimen hojas en las computadoras de la casa o si se incurre en fotocopias.

¿Qué pasa con la calidad de la educación?

El investigador en temas educativos y docente universitario Rudi Elías apunta que, en la mayoría de los casos, con el Whataspp se muestra la versión más empobrecida de las clases a distancia, donde no es posible la sincronía entre profesores y alumnos, ya que esta es una de las características de la modalidad presencial.

Agrega que se construyen las actividades en base a contenidos muy estandarizados, que se alejan de una construcción más colectiva en el proceso de aprendizaje.

“Otro factor que observamos es el aumento de la brecha entre los estudiantes, siempre los que tienen menos tecnología o no tienen conectividad son los más afectados en el acceso”, reflexiona.

El año pasado, una encuesta de Unicef reportó que, en zonas rurales, solo el 22% de los estudiantes ingresaba a las plataformas habilitadas para las aulas virtuales.

De acuerdo con los últimos datos del MEC, el 70% de los alumnos que se encuentran hoy en sus casas no tiene aparatos tecnológicos y requieren de materiales impresos si cierran sus escuelas.

Entre los logros a destacar, Elías menciona que se genera una mayor autonomía en el aprendizaje de los niños y jóvenes, también algunas experiencias puntuales como las clases por radio de Fe y Alegría.

“Se están haciendo esfuerzos, ciertamente desde lo institucional también, pero es necesario dar más herramientas a la comunidad con programas televisivos, radiales y mejorar las producciones de videos”, sentencia.

El investigador recomienda un análisis y evaluaciones sobre todo lo abordado en esta pandemia en el sector, para determinar cómo estamos en cuanto a calidad.

Voz de los estudiantes

La Unión de Centros de Estudiantes del Paraguay (Unepy) expresa en una serie de flyers los dramas que deben esquivar en el día a día con la virtualidad.

Desde ayer (29 de abril), la decisión de regresar o no a las aulas depende del comité de riesgo conformado en cada institución educativa.

“La mayoría de nuestras clases son por Whatsapp, a veces no tenemos señal. En plena crisis, gastamos más en internet de lo que gastaríamos yendo al colegio”, cuestionan.

Los que realizan actividades académicas a través del Whataspp invierten en promedio G. 15.000 semanales y los que tienen sus clases en plataformas virtuales, G. 30.000 cada siete días.

Así como sus profes, los secundarios apuntan hacia el descuido de su salud mental: “Nos sobrecargan de tareas en todas las materias, a veces hasta los fines de semana. Tenemos derecho a la recreación, a nadie le importa nuestra salud mental”.

Sobre sus maestros, reflejan su visión en este contexto. “Nuestros docentes no tienen condiciones para la enseñanza virtual, les dificulta manejar la tecnología en muchos casos, pero en realidad no todos cuentan con las herramientas necesarias. ¡No somos robots, queremos aprender! Estamos hartos”, exclaman.

Un abrazo a la profesión

A Pedro García le toca pasar los últimos meses antes de su jubilación contactando a sus alumnos por Whatsapp, llamada telefónica o cualquier otro modo de comunicación a distancia que le permita continuar impartiendo las clases de Guaraní.

Ya con un aire de nostalgia ante el inminente cambio que significará para su vida el despedirse definitivamente de las aulas, el profesor Pedro García reflexiona sobre la situación de la educación en Paraguay y recuerda que la docencia es una de las profesiones más nobles.

“Ser docente da la posibilidad de estar en contacto con lo más sagrado que tiene la sociedad: niños, jóvenes y padres. Esta relación permite radiografiar la situación integral de las familias. La enseñanza es el medio de crecimiento que, equilibrado con el desarrollo, es fuente de poder económico e intelectual”, destaca el profe García, festejando su día en compañía de su computadora y auriculares, sus instrumentos de trabajo diario desde hace ya poco más de un año.

Menciona los tres factores fundamentales que ayudan al docente en su rol de formador social: niños sanos física y mentalmente, padres que acompañen afectiva y efectivamente, y medios necesarios para el trabajo.

Reconoce que actualmente es tema de moda «la transformación educativa», y se piensa en Tailandia y Singapur, pero advierte que frecuentemente nos olvidamos de una gran franja de la población paraguaya.

“No es igual la necesidad del cinturón que rodea a la capital y las grandes ciudades, a la de los jóvenes y niños rurales, y se tiene que considerar el daño del desarraigo prematuro. Es incomprensible que jóvenes dejen su afecto y comodidad antes de tiempo para trasladarse a otro lugar por estudio. El Estado tiene que considerar al niño y al joven sobre un modelo de adulto pluricultural sin desarraigarlo, y los modelos de otros países difícilmente se adecuarían a esta realidad”, asevera el maestro.

Sostiene que es correcto mirar y considerar los modelos exitosos, y los que fracasan, para adoptarlos o rechazarlos al interior de nuestros procesos de aprendizaje, pero con un enfoque de adecuar y formar a los agentes, y sobre todo remunerar correctamente.

“Eso implica inversión y tiempo. Tenemos el desafío de seguir enseñando a pesar de la pandemia, lo asumimos y lo asumiremos siempre. Hoy más que nunca abrazamos la profesión”, concluye el educador.

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