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20 de julio de 2024

Las fallas de mercado: ¿Realidad o Engaño?

Las fallas de mercado, tema central en la reciente exposición del presidente argentino Javier Milei en el foro de Davos, han suscitado un enérgico debate sobre el rol del Estado en la economía.

Este artículo busca profundizar los supuestos que respaldan las intervenciones políticas recurrentes, explorando el marco teórico que fundamenta la intervención pública.

Desentrañaremos la noción de fallos de mercado, examinando sus implicaciones y ofreciendo una comprensión más rigurosa de los fundamentos que justifican la acción estatal en la esfera económica.

Por Lucas Cano – Estudiante investigador

Cada intervención estatal en la economía (subsidios, rescates, impuestos, controles de precio, intervencionismo fiscal y monetario) teóricamente parte de la premisa de que la asignación de recursos en el mercado no es eficiente. Este supuesto, conocido como “fallo de mercado”, sugiere situaciones excepcionales donde el mercado produce resultados no deseados para la sociedad.

Vemos que cuando esta idea proveniente de la escuela neoclásica se extrapola a la macroeconomía, se fundamenta la implementación de políticas anticíclicas para alcanzar el pleno empleo (1). 

Dicho esto, ¿son lo suficientemente coherentes los argumentos esgrimidos para intervenir en el mercado? ¿Es el mercado responsable de dichos perjuicios?  Veamos.

Origen

Las teorías sobre las fallas del mercado modernas tienen sus raíces en la primera mitad del siglo XX, emergiendo de la economía neoclásica en la forma de la «escuela de bienestar». 

Esta corriente buscaba maximizar la eficiencia económica para incrementar el «bienestar social». Utilizó un criterio específico, el Óptimo de Pareto, derivado en los modelos de equilibrio walrasiano, para medir y mejorar los resultados económicos reales.

Este criterio de optimización representa una situación donde no se puede mejorar la posición de una persona sin empeorar la de otra. 

La eficiencia paretiana se logra al asignar los recursos de manera que no existan oportunidades de mejora para alguien sin perjudicar a otros, alcanzando así el Óptimo de Pareto. 

Al aplicar este criterio a la realidad y comparar los resultados con el modelo ideal, surgieron problemas que justificaron la intervención estatal en situaciones donde el mercado no generaba resultados «óptimos». 

Esta intervención se fundamenta en dos pilares: la eficiencia paretiana y el modelo de competencia perfecta (De Oro, 2009) (2).

Hacia una “Competencia Perfecta”

Dicho estado económico idílico, fundamentado en la eficiencia paretiana según la escuela de bienestar, solo se lograría bajo condiciones específicas: 

a) mercado atomizado sin poder de mercado, 

b) bienes homogéneos, 

c) libre entrada y salida, y 

d) información perfecta. 

La realidad, sin embargo, muestra un mercado que no cumple completamente con estos requisitos, dando lugar a condiciones de competencia imperfecta. Aquí, algunos oferentes poseen suficiente poder de mercado para manipular precios y cantidades. 

Los neoclásicos argumentan que, ante este incumplimiento, el Estado debe intervenir para corregir las deficiencias y conducir la economía hacia la eficiencia. 

Sin embargo, resulta notable que esta perspectiva presupone la infalibilidad del gobierno en su regulación, una presuposición que no se deriva necesariamente de la existencia de los supuestos «fallos de mercado». 

Si esta premisa fuera falsa, podría socavar completamente el fundamento intelectual de dicho enfoque (3).

La noción de competencia perfecta enfrenta varios problemas significativos: 

  • En primer lugar, al comparar el mercado real con un modelo idealizado, cae en la falacia de Nirvana (4), al buscar corregir imperfecciones evidentes en una comparación poco realista. 
  • Segundo, el modelo presupone la información perfecta de todos los agentes sobre las condiciones del mercado, lo cual es irracional al implicar el pleno conocimiento detallado de precios futuros, preferencias exactas de los consumidores y la imposibilidad de arbitraje, además de considerar que las quiebras empresariales son inconcebibles. 
  • Tercero, asume que todos los productos son «uniformes e iguales entre sí» y menosprecia el papel de los emprendedores al capitalizar las necesidades de los individuos, sin reconocer su contribución a la generación de nueva información relevante para el proceso de mercado.

Un último punto sería el problema de la libre entrada y salida al mercado. Cabe plantearnos la pregunta: ¿Es el mercado quien impone barreras de entrada/salida creando monopolios, aranceles y regulaciones que producen baja competitividad entre oferentes? (5).

El “Óptimo de Pareto”

Este concepto de eficiencia paretiana es inseparable de la teoría de equilibrio, ya que los modelos de equilibrio entre oferta y demanda reflejan la condición de distribución óptima de recursos. 

En este contexto, la economía está en estado de reposo. No hay incentivo para modificar esta situación inmejorable, puesto que es una condición estática de mercado. Hasta aquí, la explicación nos quedaría de esta forma: 

Ahora bien, la teoría del Óptimo de Pareto enfrenta desafíos al abordar la determinación de un Estado óptimo y estático. 

La acción constante de los individuos, que eligen fines y aplican medios para satisfacer sus valores subjetivos constituye un proceso repetitivo de interacciones humanas a lo largo del tiempo. Este proceso, esencialmente un acto de cooperación social, revela las preferencias y necesidades dispersas entre los participantes. Es esto a lo que llamamos mercado, un dinámico proceso de descubrimiento empresarial.

Dado que la valoración de los bienes es subjetiva (6), resulta imposible para un observador imparcial determinar este estado óptimo. 

El economista solo puede conocer las preferencias de los agentes después de que han actuado. Esto hace que la utilidad sea imposible de medir de manera objetiva, y dado el carácter dinámico del mercado, el agente actúa con conocimiento limitado sobre su eficacia en relación con el fin, estas solo se pueden revelar ex-post facto.  

Por lo tanto, la evaluación de la eficiencia o ineficiencia de las acciones recae en el propio individuo que las lleva a cabo, ya que los fines de una sociedad no son nada más que los fines perseguidos por cada individuo que la compone. 

Intentar construir escalas de valor hipotéticas impone necesariamente preferencias y asume una constancia en las acciones futuras de los agentes (por ello siempre debe ser “dinámica”), lo que podría implicar una imposición de las preferencias de A (el policymaker) sobre las de B. 

Entendiendo que no podemos medir la utilidad de los agentes de manera comparativa y precisa, y que en el mundo real de constante cambio no es posible alcanzar una situación donde se paralice la acción humana en un “estado de reposo”, surge la pregunta: ¿cómo podríamos determinar, entonces, el nivel óptimo de «bienestar social» o la distribución «óptima»? 

El sistema se construye sobre un inconsistente criterio de eficiencia, una presunción de conocimiento inexistente y una falaz concepción estática del mercado.

La trampa neoclásica: el problema teórico

La crítica principal a la teoría del bienestar se centra en sus supuestos inconsistentes y contradictorios. El enfoque normativo, basado en criterios inalcanzables como la competencia perfecta, busca modelar una realidad que, al no mapear con sus supuestos, origina fallas que son injustamente atribuidas al mercado. 

Estas teorías, al abogar por criterios objetivos para coordinar acciones individuales, caen en un tipo de «constructivismo social» (7) incompatible con el funcionamiento del sistema económico y careciendo de lógica conducente para sostenerse sobre sí mismas. 

Demostramos que las fallas de mercado adolecen de una fundamentación racional y su única utilidad consiste en legitimar discursivamente la praxis política de la élite gobernante (8).

Referencias bibliográficas y notas al pie de página

  1. En esencia, la idea es que la intervención puede corregir las deficiencias del mercado y promover un nivel óptimo de empleo de los recursos. Esta visión neokeynesiana se deriva del empleo de modelos de equilibrio general en el análisis macroeconómico. Véase la paradoja Kalecki.
  2. La elección de enfocarse en los conceptos de eficiencia de Pareto y competencia perfecta se debe a su importancia central en el análisis de fallas de mercado. Estos constituyen la base teórica esencial para evaluar resultados económicos y comparar la realidad con un estándar ideal. La decisión de no abordar de inmediato temas como información asimétrica, bienes públicos y externalidades responde a una elección de espacio y tiempo, permitiendo un análisis más detallado de los fundamentos teóricos antes de explorar complejidades adicionales en investigaciones posteriores.
  3. En concreto, se enmarca como una falacia Non Sequitour, que de la existencia de tales problemas no se deriva que sea el Estado quien deba ni quien pueda resolverlos, véase fallos del Estado. La teoría de la elección pública establece la abismal incapacidad de establecer eficiencia regulatoria por parte del Estado y el teorema de la imposibilidad del cálculo económico suprime cualquier posibilidad de funcionamiento.
  4. Falacia lógica que presenta una falsa dicotomía, argumentando que, porque la realidad no cumple con la perfección, la solución propuesta es inválida o inaceptable.
  5. Mientras que el modelo de competencia perfecta supone que no hay barreras a la entrada ni a la salida, en la realidad siempre existen costes de transacción y barreras regulatorias que afectan la entrada y salida de las empresas al mercado. Siendo este, en verdad, un fallo del Estado e imposible de atribuir al funcionamiento del mercado.
  6. Desde la revolución marginalista, la teoría subjetiva del valor ha transformado nuestra comprensión de la valoración de bienes y servicios.
  1. Por ello, Hayek sentenció; «el objetivo de todo buen economista es hacer ver a los demás economistas lo poco que saben de aquello que creen diseñar». (Hayek, 1998)
  2. Véase, Bastos Boubeta, Miguel Anxo (2005).¿Puede la intervención estatal ser justificada científicamente? Una crítica.

(1). De Oro, A. (2009). Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política, Vol. VI, n.º 1, primavera 2009, pp. 133 a 159.

(2). Calzada, G. (2006). Competencia y Monopolio en Ilustración Liberal, N.º 30. Recuperado de http://www.libertaddigital.com/ilustracion_ liberal/articulo.php/723.

(3). Krause, M., Zanotti, G., & Ravier, A. (2007). Elementos de Economía Política. La Ley.

(4). Coase, R. H. (1960). El Problema del Coste Social. En La Empresa, el Mercado y la Ley (1994), pp. 121-164. Madrid, Alianza Editorial.

(5). Hayek, F. A. von, et al. (1997). Hayek sobre Hayek: un diálogo autobiográfico; La fatal arrogancia: los errores del socialismo (2a ed.). Madrid: Unión Editorial.

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