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2 de octubre de 2022

La vergonzosa informalidad

Las precarias condiciones de trabajo son un mal que todavía afecta a más de la mitad de la población ocupada en Paraguay. Esta problemática se incrementó con la pandemia, pero también marcó una fuerte presencia en años de bondad económica y en sectores que se consideran motores del crecimiento. Un flagelo social que necesita una urgente atención.

La menor caída económica en la región y de los menos afectados por el aumento de la pobreza. Estos fueron los principales logros que presentó el presidente de la República, Mario Abdo Benítez, en su más reciente informe de gestión en que se desglosaron las acciones que se llevaron adelante durante la pandemia de COVID-19 en el país.

Interesantes números: una contracción de 0,6% del producto interno bruto (PIB) en el 2020, mientras países como Perú y Argentina se desplomaron en 11,1% y 10%, respectivamente; y un incremento de 3,4% de la pobreza, frente a los aumentos de 7,4% y 6,8% de Ecuador y Colombia, todos en comparación con las cifras del 2019.

Estos resultados macroeconómicos de Paraguay se sostuvieron en la alta dependencia que todavía tenemos de la actividad agropecuaria -poco afectada por la emergencia sanitaria- y el impulso que se dio a las obras públicas -en riesgo de enlentecer su ritmo por la necesidad de retornar al orden fiscal-.

Además de la preocupación que pueda surgir alrededor de la capacidad que tengamos para seguir creciendo, ante los mencionados factores que llevaron a evitar un impacto más profundo de la pandemia en nuestra economía, surge la inquietud de un mal que permanece en nuestra sociedad tanto en periodos de bonanza como en momentos de crisis: el trabajo informal.

Los números que reflejan las condiciones de empleo en nuestro país no fueron expuestos en el informe presidencial, lo que no sorprende debido a que demuestran la situación de precariedad que arrastramos ya históricamente.

La incidencia de la informalidad entre la población ocupada en Paraguay subió a 65,1% en el 2020, desde el 63,7% en que cerró el 2019, según registros del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Se podría intentar justificar esta mayor presencia del trabajo informal en un momento en que los negocios, las empresas y los diversos proyectos se enfrentaron a la inmensa incertidumbre que introdujo el COVID-19 y llevó a tener que buscar la reducción de costos hasta debajo de las piedras. Pero ¿y los sectores a los que les fue bien?

La construcción se posicionó en el 2020 como el sector con el mayor crecimiento, al expandirse en 12,6%, según informó el Banco Central del Paraguay (BCP). Sin embargo, esta actividad es la que más trabajo informal emplea -entre los segmentos no agropecuarios-, con una incidencia que llegó a 87,3% el año pasado y se mantuvo prácticamente inalterable al menos en el último quinquenio.

Esto significa que apenas 1 de cada 10 trabajadores empleados en obras de construcción cuenta con seguro social, en un trabajo particularmente expuesto a accidentes y con una elevada participación de personas con menores niveles de ingresos. Mientras tanto, esta actividad no registra números negativos al menos desde el 2008 y sus índices de crecimiento llegaron hasta 12,7% en el 2010.

¿Qué pasó en los años en que nos fue bien económicamente?

Nuestro PIB tuvo un crecimiento ininterrumpido desde el 2015 hasta el 2018, con variaciones de 3%; 4,3%; 4,8% y 3,2%. La informalidad, por su parte, se mantuvo en estos años en el 65%; 65,4%; 65,1% y 64,8% de la población ocupada.

Todo esto nos muestra que ninguna crisis es excusa: no existe voluntad suficiente para mejorar las condiciones de trabajo en nuestro país.

En su informe de gestión, Abdo Benítez se limitó a mencionar al Sistema de Protección Social “Vamos” como un “esfuerzo conjunto de varias instituciones del Gabinete Social que asumen el compromiso de trabajar por la integración social de la población en condición de pobreza y exclusión social, inserción laboral y productiva de las personas en situación de informalidad y previsión social para la población adulta mayor”. ¿Y las acciones concretas de intervención en los sectores que figuran en las estadísticas oficiales como los que concentran la mayor proporción de trabajo informal? ¿Dónde están las metas?

Esperemos que las miles de vidas perdidas que vamos teniendo por la pandemia -muchas de las cuales derivan de una deficiente atención médica y se concentran en la población adulta mayor- sensibilicen a los empleadores y tomen conciencia de lo importante que es garantizar el cumplimiento de derechos básicos como la seguridad social para sus colaboradores, a fin de que los próximos escenarios complicados sean menos mortales para una población que demuestra su compromiso hacia un futuro más promisorio.  

Es momento de que el Gobierno también enfrente esta problemática con acciones concretas de erradicación del trabajo informal, para dejar atrás estos vergonzosos números y avancemos hacia una economía cada vez más sana.

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